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San Pedro ya no duerme tranquila.
Las calles rotas parecen heridas abiertas: baches que crecen día a día, veredas partidas, luces que no alumbran nada. De noche, el silencio no es paz… es abandono.
El intendente habla de progreso, pero la ciudad se cae a pedazos. La plata no alcanza, o no llega, y San Pedro se va fundiendo despacio, como una casa vieja que nadie quiere arreglar. Mientras tanto, los barrios cargan el peso.
En las esquinas, cada vez más chicos. Menores.
Ojos cansados antes de tiempo, manos temblorosas sosteniendo la famosa pipa. Nadie nació para eso, pero la calle los crió así. Falta trabajo, falta contención, falta futuro. Y cuando no hay futuro, la delincuencia aparece como única salida.
Robos chicos que se vuelven grandes, miedo que se vuelve costumbre. Vecinos encerrados temprano, rejas más altas, corazones más duros. San Pedro se acostumbra a vivir con miedo, y eso es lo más triste.
¿Qué te está pasando, mi querida ciudad?
La que era tranquila, la de las plazas llenas, la de los pibes jugando a la pelota. Hoy pide auxilio en silencio. No necesita discursos, necesita acción. Calles arregladas, oportunidades reales, manos que levanten en vez de señalar.
Porque San Pedro no está perdida.
Está cansada.
Y todavía espera que alguien la escuche.
Por Leo Cáceres

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