Mejor seguridad: dos caras de una misma moneda, un fenómeno que se ve y se siente
La inseguridad se aborda muchas veces como un solo fenómeno, pero existen dos dimensiones: objetiva y subjetiva. Ambas deben ser analizadas y abordadas de forma independiente, pese a estar interrelacionadas. Afecta las rutinas, hábitos, vínculos vecinos y deteriora la vida comunitaria. Existen soluciones, y la participación ciudadana es clave para mejorar la seguridad.
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Por Ramiro Martínez, experto en Seguridad y Prevención del Delito
La problemática de la inseguridad suele abordarse como si se tratara de un único fenómeno. Bajo esa mirada parcial, se invierten recursos y, en ocasiones, se diseñan políticas, programas o proyectos que al no contemplar todas las dimensiones del problema, terminan sin los resultados esperados.
La inseguridad tiene dos caras: una objetiva y otra subjetiva.
La dimensión objetiva está compuesta por los hechos concretos: estadísticas oficiales, denuncias y delitos que los vecinos padecen a diario. Es el riesgo real de convertirse en víctima. La dimensión subjetiva en cambio, es intangible: se trata de las emociones, principalmente el miedo a ser víctima de un delito.
Aunque ambas están íntimamente relacionadas, deben analizarse y trabajarse de manera independiente. Cada una puede medirse: la objetiva a través de los registros judiciales y policiales; la subjetiva mediante encuestas de victimización y percepción ciudadana.
Podría pensarse que, al reducir los delitos, automáticamente disminuirá el temor de la población. Sin embargo, la experiencia demuestra que no siempre es así: en muchas comunidades, aun cuando las cifras de delitos descienden, la percepción de inseguridad se mantiene alta. Esto deja en claro que abordar solo una de las dimensiones no alcanza.
Ambas caras son igualmente importantes. La inseguridad no solo condiciona nuestras rutinas; también modifica hábitos, debilita los vínculos vecinales y deteriora la vida comunitaria. Sus efectos se extienden al plano económico y social y terminan retroalimentando el problema.
Frente a esta realidad, es fácil caer en la sensación de que no existe salida. Pero sí la hay. Más allá de las políticas públicas (que son imprescindibles y deben ser planificadas con seriedad), la participación ciudadana resulta clave. Un barrio organizado, donde los vecinos se cuidan, se comunican y colaboran, puede marcar la diferencia.
La seguridad no se construye únicamente con estadísticas o con más patrulleros. La seguridad también se construye con comunidad y con participación.

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