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    Mejor Seguridad: cómo se forma un delincuente, ¿se nace o se hace?

    La delincuencia es un fenómeno complejo y multicausal que no puede explicarse por factores aislados. Desde antiguas teorías biológicas hasta enfoques psicológicos, sociales y políticos, intentaron responder qué impulsa a una persona a delinquir. Hoy, la evidencia señala que el entorno, las desigualdades y la falta de oportunidades son piezas centrales para comprender y prevenir el delito.

    05 de diciembre de 2025 - 23:30
    Ramiro Martínez explica que existen enfoques psicológicos, sociales y políticos que analizan qué impulsa a una persona a delinquir.
    Ramiro Martínez explica que existen enfoques psicológicos, sociales y políticos que analizan qué impulsa a una persona a delinquir.

    Por Ramiro Martínez, experto en Seguridad Ciudadana, Privada y Corporativa

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    A lo largo de la historia, numerosos estudios y teorías han intentado responder a esta pregunta. En siglos pasados, algunas corrientes buscaban relacionar la conducta criminal con factores biológicos. 

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    Un ejemplo es la teoría que vinculaba el tipo de cuerpo con la predisposición al delito: los endomorfos serían proclives a la colaboración delictiva, los ectomorfos a la estafa y los atléticos a los delitos contra las personas. 

    Con el tiempo, estas ideas fueron descartadas. También surgieron hipótesis genéticas que pretendían asociar ciertos comportamientos con el ADN, aunque hasta hoy carecen de comprobación científica.

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    Otras miradas han puesto el foco en la psicología (con teorías psicopatológicas, psicodinámicas y conductuales) y en la sociología, que señala el papel del contexto social en la desviación de la conducta. 

    Finalmente, se consolidó la visión pluricausal: entender que la conducta humana responde a múltiples factores que se combinan de manera compleja.

    Desde mi perspectiva, uno de los aspectos más influyentes en el desarrollo de la persona es el entorno en el que crece. Ese contexto está compuesto por vínculos, instituciones y condiciones sociales. 

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    La exclusión, la falta de recursos, la violencia, la familia, la escuela y el grupo de amigos ejercen un peso determinante. La familia, junto con la escuela en los primeros años y el grupo de pares en la adolescencia, moldean la conducta del individuo y resultan claves para cualquier estrategia de prevención.

    A esto se suman factores sociales de alto impacto: la falta de oportunidades, el desempleo, las crisis económicas, los asentamientos precarios, la deserción escolar y la carencia de espacios de recreación para los jóvenes entre otros y si a ello se añaden factores de riesgo habituales en nuestra sociedad como el consumo de drogas, el alcoholismo o la violencia,  dentro de entornos familiares y comunitarios deteriorados, el resultado es un caldo de cultivo que empuja al delito.

    El factor político también juega un papel decisivo. Mientras se mantengan prácticas de clientelismo que perpetúan la dependencia mediante asistencialismo, será difícil revertir la balanza. 

    Este mecanismo perverso, donde los votos se obtienen no por propuestas ni eficiencia, sino por la necesidad, alimenta un círculo vicioso que indirectamente favorece la reproducción de la violencia y el delito.

    Existen distintos perfiles de delincuentes. Algunos lo son “por vocación”: delinquir es su forma de vida, incluso sin necesidades económicas. Otros pertenecen al mundo del “cuello blanco”: corrupción, lavado de activos y delitos complejos que muchas veces no llevan etiquetas visibles. 

    También están los delincuentes “por oportunidad”, aquellos que cuentan con empleo, familia y estabilidad, pero delinquen porque se les presenta una ocasión propicia. Y finalmente, los delincuentes “por necesidad”, que cometen ilícitos para cubrir carencias básicas.

    La delincuencia, en gran medida, es producto de la sociedad. No es casualidad que las tasas delictivas varíen de un país a otro, de una región a otra o incluso de un barrio a otro dentro de la misma ciudad. Este fenómeno responde a múltiples causas y requiere un abordaje integral.

    La clave está en comprender que el delito no se resuelve únicamente con más policías o más patrulleros. Es un fenómeno multifactorial que demanda políticas sociales, culturales, económicas y educativas, además de estrategias de control y prevención. Solo con una mirada amplia y sostenida podremos aspirar a reducir la inseguridad de manera real y duradera.

     

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