Cuando la tradición se hace plato: la milanesa y su costado nutritivo
Más que un plato, es un hábito que atraviesa generaciones y acompaña con su mezcla justa de proteínas, hidratos y memoria afectiva. La columna del nutricionista Juan Pablo Corleto.
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La milanesa —o la “milanga”, como solemos decirle sin vueltas— es uno de esos alimentos que ocupan un lugar privilegiado en la mesa argentina.
La de pollo recibe el nombre de suprema para distinguirla, mientras que el resto adopta la etiqueta “milanesa de…” y ahí se abre un abanico sin límites: carne vacuna, cerdo, pescado, soja, berenjena.
Sin embargo, como todo clásico, la original es la de carne, esa que combina el sabor de un buen corte con el aporte sencillo del huevo y el pan rallado, formando un plato rendidor, versátil y nutritivo.
Su historia también tiene lo suyo
Todo indica que nació en Milán, y de allí viene su nombre, al punto de haber sido declarada patrimonio cultural en esa ciudad.
No obstante, fue en Argentina donde encontró su reino definitivo. Acá se la transformó, se la multiplicó y hasta se la fusionó con la pizza para dar vida a la milanesa napolitana, un invento bien nuestro que mezcla raíces del norte y del sur de Italia, pero con sello local.
Además de ser querida, es un alimento accesible. La mezcla con huevo y pan rallado aumenta el peso final y abarata la porción, pero lejos de restarle calidad, suma nutrientes que completan el plato con hidratos y algo de grasa.
Así se vuelve un alimento equilibrado, con una buena proporción de macronutrientes, y que admite prácticamente cualquier compañía: ensaladas frescas, puré, pasta, arroz o, como muchos prefieren, entre dos panes.
La eterna pregunta es cómo cocinarla
¿Frita, al horno o a la plancha? No hay una respuesta única. Con aceite bien caliente, la fritura puede absorber menos grasa de lo que se cree. En cambio, una milanesa “al horno” bañada en aceite puede terminar incorporando más de lo esperado.
La clave está menos en el método y más en la moderación, porciones adecuadas, rotación de cocciones y acompañamientos que equilibren el plato.
La milanga está en nuestro día a día. Aparece en viandas, en la mesa familiar, en la heladera lista para la urgencia y en la nostalgia de quienes viven lejos.
Es parte de nuestra cultura, cumple con lo que el cuerpo necesita, rinde y hasta se las arregla para no dejar olor en la cocina. ¿Qué más se le puede pedir? Es, sencillamente, bancable.
Ante dudas sobre frecuencia de consumo, técnicas de cocción o cómo armar platos más equilibrados, siempre es recomendable consultar con un profesional de la nutrición.

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