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    A 35 años del tornado de 1990: la historia contada por los lectores de La Opinión

    El fenómeno hizo estragos en una franja importante del distrito. La manga de granizo alcanzó a pasar sobre la ciudad, dejando cuantiosos daños, con pérdidas importantes para cientos de familias. También destruyó montes frutales y sembradíos. Para algunas generaciones el recuerdo está latente y lo contaron en este medio.

    03 de noviembre de 2025 - 11:58
    La pileta climatizada del Club Los Andes. A pocos meses de haberse inaugurado el techo se derrumbó. (Foto: Víctor Damianovich-El Imparcial)
    La pileta climatizada del Club Los Andes. A pocos meses de haberse inaugurado el techo se derrumbó. (Foto: Víctor Damianovich-El Imparcial)

    Minutos después de las 20 del sábado 3 de noviembre de 1990 el clima se enrareció sobre San Pedro. Las nubes venían teniendo un comportamiento inusual, su coloración era oscura y el viento amenazante.

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    De repente, los ruidos en los techos de las viviendas fueron ensordecedores. Los vidrios comenzaron a romperse y las cortinas de plástico no oponían resistencia.

    El enorme granizo se había apoderado de la escena. Tanto en las calles como en cada hogar. Por entonces la lluvia era tenue y el viento agigantaba sus pasos, con ráfagas que finalmente se aproximaron a los 200 Km/h, según los cálculos de entonces. Afuera, en las calles, lo dantesco. Automóviles abollados y con vidrios destruidos, acumulación de enormes trozos de hielo junto a las puertas, cables cortados y postes caídos.

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    Existen generaciones que no lo olvidarán jamás.

    Una amplia franja del partido de San Pedro sufrió las consecuencias. La “manga” de granizo cubrió casi un tercio de la superficie, comenzando próximo a Pérez Millán y terminando en la zona de islas, en diagonal. Algo nunca visto.

    Algunos vecinos tuvieron tiempo para recoger el granizo y pesarlo. Hubo piezas que superaron el kilo y fueron conservadas en el congelador de las heladeras para que el testimonio tuviera sustento, fuera creíble.

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    También el campo lo padeció. Hacía pocos días había comenzado la cosecha de duraznos. Las plantaciones, la soja, el trigo, la guinea y los viveros fueron arrasados. Unos 5.000 obreros quedaron sin trabajo.

    Pero esto es solo la introducción. La historia esta vez la contaron los lectores de La Opinión, que en gran cantidad participaron de la convocatoria. Algunos de ellos expresaron:

    Verónica: “Teníamos toda la casa en orden, faltaban días para casarnos y la tormenta nos la rompió toda. No quedó nada, los ventanales y todo lo de adentro. Justo fui a cerrar porque se venía feo. Me escondí debajo de la mesa. El ruido de las piedras era impresionante. Cuando pasó la tormenta salí a la calle. Destrozó todo por donde se mirara.

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    Flavio: “A Modart (tienda) le robaron todo. Bennazar armó tablones en la Mitre y le vendió vidrios a todo San Pedro”.

    Rosita: “Fueron momentos inolvidables, de terror. En un momento sin techo, rotos los vidrios, las cosas mojadas. Al otro día pudimos comprar los vidrios, porque no se conseguía nada”.

    María Angélica: “Estaba con mis dos hijos. Mi marido llegaba a las 21 de la fábrica. La puerta del frente estaba hasta la mitad de piedras y me entraba agua. No tuve mejor idea de abrirla y todas cayeron adentro. Se me lleno toda la cocina”.

    Sergio: “Las piedras que cayeron pesaban 1,5 a 2 kilos reales”.

    Tornado 1990
    Gran parte del barrio Futuro fue arrasado por los vientos huracanados. (Foto: Víctor Damianovich-El Imparcial)

    Diego: “Estaba jugando chin chon en el bar de Raúl Carugati, 25 de Mayo y Riobamba, techo de chapa. Parecía que tiraban ladrillos. Tenía un Fiat 600 que quedó casi intacto porque estaba detrás de un camión. Después salí a recorrer el centro y parecía una película de guerra por la destrucción y la desesperación de la gente”.

    Justo: “Estaba esperando que mi mujer saliera de trabajar del Supermercado Suárez. A las 20,45 sentí un golpe en el auto como si fuese un ladrillazo. No me moví y seguidamente fue impresionante las piedras tan grandes que comenzaron a caer. Me destruyó el auto. Después comenzó el viento y la lluvia. Las ramas de los árboles de la Plaza Belgrano volaban por el aire. Cuando pasó la tormenta era impresionante el destrozó en la ciudad. Llevé una compañera de trabajo de mi esposa a su casa por 11 de Septiembre, que no estaba asfaltada y parecía un río como corría el agua. Cuando agarramos la calle donde vivía esta mujer, en el medio había una casa de madera destruida. Y a su casa al techo se lo había arrancado el viento”.

    Alicia: “A mi vecino le arrancaba las plantas de duraznos con la fruta y las apilaba contra el alambrado”.

    José Luis: “Estaba en un negocio en El Matadero. Nos dimos cuenta lo que había pasado cuando vimos el tinglado del Corralón retorcido, casi en el piso”.

    Vanina: “Vivía con mis abuelos que tenían una despensa. Miraba por la ventana como volaba todo lo del barrio, techos, vidrios, pedazos de estructuras de las casas y ni hablar de las piedras que caían”.

    Néstor: “Entraba a bañarme en Arcor y se cortó la luz y el agua. Creí que era una broma de un compañero, pero me asomé al pasillo y no se veía nada, eran como olas gigantes de viento. Después vi el techo de la destilería de alcohol. Parecía bombardeada desde un avión”.

    Irene: “Estaba sola con mis hijos y los de la vecina. Me asomé y veo lo negro que se venía. Le dije a la vecina que parece un tornado. Fueron segundos. Metí a los chicos debajo de la cama mientras mi marido trataba de salvar el ventanal”.

    Mabel: “Vivía en el campo. Nos destruyó el techo de la granja y los galpones de pollo, y de la cosecha que estaba sembrada no quedó nada”.

    Elsa: “Tenía apenas 6 años. Ese día conocí lo que era el miedo. En casa fueron todos gritos y llantos”.

    Adriana: “Teníamos un Citroën en la calle. No quedó nada”.

    María José: “Ese tornado lo pasamos en la casa de mi abuela, Almafuerte 3086. Mi mamá sentada bajo el alero de la galería padeciendo un cáncer terminal. Parte del techo de fibrocemento quedó destruido mientras mi abuela rezaba”.

    Lorena: “Vivía cerca del paraje Rolfo. Teníamos con mi papá batata y guinea, era un jardín. A las pocas horas el tornado nos llevó todo, hasta una cortina de casuarinas que cortó por la mitad como si la hubiera agarrado una motosierra gigante, derrumbó parte del garaje donde teníamos el auto, en plena tormenta la puerta principal de la casa se doblaba como si fuera de goma y las piedras entraban por los vidrios, las gallinas que dormían en los árboles caían como flechas. Es algo que no puedo olvidarme tenía sólo 15 años, en un momento pensé que estaba viviendo el mismo infierno, después de un rato, todo volvió a la normalidad, encontramos hasta pichones de liebres muertas, todo muy triste y tuvimos un año para el olvido sin poder levantar nuestras cosechas”.

    Sandra: “Estábamos en el cine La Palma junto a nuestros hijos chiquitos. Se hacían reuniones del pastor Giménez. Los autos se subían a las veredas que tenían aleros para resguardar. Cuando salimos vimos cables cortados por todos lados y árboles caídos”.

    Enrique: “Estábamos por jugar un torneo de paddle en la cancha de Banfield con mi hijo Diego, Chacho Pérez y José Brost, cuando nos sorprende primero el viento, luego las piedras enormes. Me subí al camión de José, mi hijo se fue con mi suegro y Chacho vivía cerca. Brost sale con el camión en plena pedrada que impactaban en el capot de su Mercedes. Sé que pasamos cerca del Hospital, la Policía, el Club Paraná. A esa altura ya no había luz y el camión pasaba por encima de los postes caídos. El viento era tremendo. Siguió avanzando y cuando llegamos a mi casa -vivía en la Planta Depuradora- el cielo estaba despejado y estrellado. En esa época era director de Salud y Medio Ambiente, y la pedrada y el viento destruyeron el Centro de Salud Mateo Sbert, que hubo que hacerlo de nuevo. Y una de las paredes de la cancha de paddle de Banfield se derrumbó”.

    Elisa: “Vivíamos en el puerto y cuando estábamos de vuelta del supermercado con las bolsas en las manos a pie, donde funcionaba Cáritas, de golpe una piedra me golpeó la cabeza y el pie derecho. El viento me arrastraba. Me agarré de un poste que había en la esquina, frente a la dársena de la arenera. Y mi vecina en el piso. Luego nos metimos en esa casilla hasta que pasó el viento. Cuando llegué a mi casa se veían chapas por toda la barranca que habían volado del barrio Futuro”.

    Guadalupe: “Estábamos en el campo de unos tíos con mis papás y mis hermanos. Mi tía salió, se quedó mirando fijo y gritó muy fuerte ‘todos adentro, eso es un tornado’. Me di vuelta y venía un remolino de tierra levantando chapas y palos. Entramos corriendo, sacamos los colchones de las camas y junto con mis primos nos metimos abajo”.

    Irma: “Había ido a acompañar a mi vecina a buscar a su hija a un cumpleaños. Nos agarró por Calle 48 y 3 de Febrero. Las piedras nos hicieron moretones y nos refugiamos detrás de un árbol. Volaron los techos de la estación de servicio de Zagabria. Lloramos pidiendo auxilio, pero era tan fuerte que no nos escucharon”.

    Patricia: “Mi marido quedó sin trabajo. Junto a otros compañeros se fueron a trabajar el durazno a Tunuyán, Mendoza. Hasta marzo no volvieron”.

    Valeria: “Los vidrios se le incrustaron en la espalda a mi madre. Terrible después sacárselo con una pinza uno por uno”.

    Viviana: “Habíamos salido a comprar con mi hermana embarazada y mi nena mayor de 4 años. Llego a mi casa y me arrancó todo el techo y tiro media pared abajo. A mi hermana le pegó una piedra muy fuerte en su espalda y esa madrugada dio a luz su bebé”.

     

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